La paradoja del ornitorrinco

12 enero 2007

El primer ejemplar de ornitorrinco llegó a Europa en 1799, en el interior de un paquete enviado desde Australia por el capitán John Hunter al despacho del profesor George Shaw en el Museo de Historia Natural de Londres. Curiosamente, lo primero que hizo el profesor nada más desempaquetarlo, fue tratar de descoser el pico y las patas ante la sospecha de que se trataba de la burda falsificación de un taxidermista. Hoy día, el ejemplar de la imagen – custodiado en el Museo de Historia Natural de Londres – aún conserva las marcas de las tijeras en el lugar donde el profesor pensó que le habían cosido el pico.

Por aquel entonces, los taxidermistas chinos se habían convertido en unos auténticos virtuosos a la hora de intentar colar animales imaginarios en los museos occidentales, desde dragones a monstruos mitológicos. Por eso no es extraño que el profesor Shaw desconfiara desde el primer momento de la existencia de un animal como aquél. Aún así, aún después de verificar la autenticidad de la piel, la paradoja del ornitorrinco no había hecho más que empezar. Los científicos estaban atónitos ante las características de aquel animal que incumplía todas las leyes de la evolución descritas hasta entonces. Se trataba de un mamífero, con pico, aletas, dientes y un extraño veneno. Y por si fuera poco, algunos testimonios hablaban de que el animal ponía huevos. ¿Cómo podía poner huevos si se trataba de un mamífero? El animal burlaba todos los principios taxonómicos establecidos por Linneo.

Los exploradores ingleses en Australia comenzaron entonces una carrera por verificar si la afirmación de que el platypus ponía huevos era cierta. Como bien explica Rafael Reig en su “Manual de literatura para caníbales", no es de extrañar que para entonces Shaw y sus colegas desarrollaran un odio visceral hacia los ornitorrincos, a los que empezaron a referirse en privado como “bloody creatures” (“jodidas criaturas").

“Por fin, en 1884, William Caldwell, un estudiante de doctorado que acampaba cerca del río Burneo, en el norte de Queensland, vio a una hembra de ornitorrinco poniendo un huevo. De inmediato corrió a la oficina de telégrafos más cercana para enviar un mensaje urgente a Londres." El mensaje, en la versión probablemente apócrifa de Reig, decía lo siguiente:

MALDITAS CRIATURAS PONEN HUEVOS STOP SIGUE CARTA

En realidad, el verdadero telegrama del que se tiene constancia contenía un mensaje algo más prosaico: "Monotremas ovíparos, óvulo meroblástico". Que es tanto como decir que eran unas "jodidas criaturas".