Gestión de la culpa

27 enero 2006

La culpa es mía. Gobiernos de todo signo se afanan desde hace años en llegar a la misma conclusión. Y si la culpa no es mía, será de usted, no se confíe. La atroz sequía, el incremento de accidentes en carretera, la tala del Amazonas; terribles acontecimientos que suceden por mi falta de corazón.

Terminará por tener razón la DGT (“No pueden conducir por mi”), el anuncio de la niña que tira de la cadena y vacía el embalse de Entrepeñas. “Lo hacemos por tu bien” – te dice la voz de la campaña antitabaco. Y tú te quedas mucho más tranquilo, aunque luego te pases cuatro días sin cagar, por amor a los pantanos.

Leyendo con atención estos mensajes uno aprende que las viviendas suben porque los españoles las compramos, o que el IPC se dispara porque no nos da la gana de moderar nuestros salarios.

Una vez asumida la culpa como capital político de primera magnitud, la energía que los gobernantes deberían aplicar en la resolución de problemas, se desvía a la búsqueda frenética de un culpable, que puede aparecer en forma de ciudadano, de rival político o de odioso fumador.

Ahí tienen a la ministra Narbona, por ejemplo, dueña de una cartera sin competencias, obligada a la gestión de la culpa ajena. Da igual que le pregunten sobre incendios, la sequía o sobre el frío invernal. La ministra reparte culpas con emoción.

Dada la descentralización y en aras de economizar gastos y coordinar decisiones, tal vez convendría fundir Medioambiente, Sanidad y Vivienda en una nueva y única cartera; el Ministerio de la Culpa, de flamante creación.

Desde que han comprendido que una eficiente gestión de la culpa puede descabalgar a un Gobierno, los políticos se aplican a ello con fruición. En este sentido parece que unos lo hayan aprendido mejor que otros, pues el manejo mediático de asuntos como el accidente de Afganistán, el Carmel o el incendio de Guadalajara, se ha quedado en una chapucera reminiscencia de lo sucedido con el Yakolev o el Prestige.

En contraste con la de los ciudadanos, la culpa de la administración, si es que se encuentra, suele ser una culpa anónima e indolora, que se resuelve al cabo de veinte años con una sencilla indemnización. Nadie conoce, por ejemplo, al funcionario con nombre y apellidos que decidió otorgar el permiso para construir el camping de Biescas en una torrentera. Ni a la persona que decidió no poner un semáforo en el paso de cebra de Bilbao donde hace unas semanas atropellaron a dos niños.

Se diría que la culpa, como la ocasión, la pintan calva, y ahí está nuestro político, presto a agarrarla por el pelo que le queda. Dice el refranero que “el cojo le echa la culpa al empedrado" y que “el mal escribano echa la culpa a la pluma”. En el caso de los políticos, la culpa es solo nuestra, que les votamos.

La radio de las Mil Colinas

23 enero 2006

En agosto de 1993 la emisora ruandesa RTML (Radio Televisión Libre de las Mil Colinas) difundía de manera divertida sus mensajes políticos contra los tutsis. Los insultos eran tan descabellados que los propios tutsis preferían escuchar la RTLM en vez de su propia estación de radio.

En la primavera de 1994, la radio de las Mil Colinas difundió la consigna y unos 800.000 tutsis y hutus moderados fueron asesinados brutalmente y descuartizados con machetes por extremistas hutus.

"Las tumbas están sólo a medio llenar" – repetía la radio de las Mil Colinas mientras los hutus ejecutaban su planificada cacería. Estaban provistos con más de medio millón de machetes comprados unas semanas antes a China. Los asesinos se citaban cada mañana en el campo de fútbol de Nyamata para afilar sus herramientas con piedras e iniciar el rastreo.

La radio de las Mil Colinas ofrecía detalles de aquellos que debían ser acosados y asesinados: descripciones individuales y números de matrícula. Durante sus emisiones, la RTLM alentó el corte de carreteras “y felicitaba a los perpetradores de las masacres de los tutsis que tenían lugar en estos bloqueos".

“La emisora estaba en todos los controles y había miles”- aseguró un investigador de la policía – “Mucha gente nos dijo que mataban porque la radio se lo pedía”.

“Los tutsis no merecen vivir, – repetía la voz del locutor– hay que matarlos. Incluso a las mujeres preñadas hay que cortarlas en pedazos y abrirles el vientre para arrancarles el bebé”.

En el año 2003, el Tribunal Penal Internacional para Ruanda procesó a los responsables de la emisora y les condenó a cadena perpetua por genocidio e incitación pública a cometerlo.

"No respetaron la responsabilidad que conlleva la libertad de expresión - dijo la juez - y envenenaron las mentes de sus oyentes". Los medios "prepararon el terreno para el genocidio" – dijo. Y recordó que la radio era "el medio de comunicación que llegaba a más gente en Ruanda".

Un ejército ideal

20 enero 2006

En estos tiempos de proclamas, soflamas y banderas, tal vez debiéramos seguir el sano ejemplo del ejército indio, que ensaya a estas horas (véase la foto) los actos del Día de la República.

En el ejército indio no hay generales Menas ni capitanes de la Legión dispuestos a plantarse en Madrid a lomos de una cabra. Los valientes soldados indios dedican largas horas al ensayo de la acrobacia, el colorismo y la canción.

¿Qué hacemos con nuestros oficiales díscolos? Además de arrestarles apuesto por enviarles una temporadita a la Ciudad de los Muchachos. Allí aprenderían algo sobre disciplina y honor.

Una ballena en el Támesis


A la altura del Parlamento y del Big Ben, justo debajo de los grandes atascos de la ciudad, los londinenses han podido contemplar hoy el espectáculo de una ballena ‘navegando’ por el Támesis.

Se trata de una ballena "nariz de botella" o calderón, de seis metros de longitud. La Guardia Costera ha escoltado al animal para protegerle de los barcos de la zona.

Hace más de cien años, en Madrid, también se vio una ballena en el Manzanares. Igual que los londinenses, los madrileños se agolparon aquella mañana a orillas del río, ávidos de contemplar a la criatura que entraba y salía de las aguas.

Pero en aquella ocasión era una albarda de burro, que el agua balanceaba arriba y abajo.

Cinco manías

19 enero 2006

El perverso Deyector me pasa el marrón, así que allá va:

1. No puedo dejar las zapatillas cambiadas de pie. Veo el zapato derecho en el lado izquierdo y tengo que levantarme para ponerlo bien. Me pone enfermo.

2. Me revientan las personas a las que cuando beben agua se les ven unos dientes gigantescos a través del cristal.

3. No soporto a las mujeres con el pelo liso a las que les se sale una oreja por un lateral. O se recogen un mechón de pelo y se lo ponen detrás de la oreja. Arggghhh!

4. Me duermo moviendo los dedos de los pies compulsivamente.

5. No soporto esos retretes con tapa de plástico que en cuanto te mueves te pellizcan el culo.

Enseguida pienso a quien le endoso las meme-manías.

Sexo y puntualidad

15 enero 2006

“Era, para lo que suelen ser las mujeres, relativamente puntual, y Sears había llegado a creer que la puntualidad en las citas era un indicador infalible de espontaneidad sexual. Había observado que las mujeres que llegaban tarde a una cena se retrasaban inconscientemente en sus transportes eróticos, y que las mujeres que llegaban temprano a una comida o a una cena a veces alcanzaban el clímax en el taxi que las llevaba a casa”

John Cheever “¡Oh, esto parece el paraíso!”

La clase

07 enero 2006


La artista tailandesa Araya Rasdjarmrearnsook, imparte una clase magistral sobre el sentido de la vida y la muerte a una clase formada por ocho cadáveres. Foto: elpais.es

El asesino de las campanadas

04 enero 2006

El asesino de las campanadas no se come las uvas; odia esos pipos que se quedan en las muelas. El asesino de las campanadas no entra en el año comiendo peladillas ni aplastando polvorones, prefiere el olor cristalino de la pólvora.

Amparado por la horda de psicópatas lanzadores de cohetes, el asesino de las campanadas se confunde con la noche, anda embozado y a tiros por las calles, como una personificación madrileña de la Muerte.

El asesino de las campanadas vaga por Carabanchel envuelto en la capa de Ramonchu, barrunta una Nochevieja cargada de sorpresas. Puede que piense que la vida es como un roscón de Reyes, que reserva a cada cual su penoso regalo.

Al asesino de las campanadas lo mismo le da un tipo que fuma en la ventana, que un anciano que baila el pasodoble. Tuvo una infancia triste, solo veía películas sobre Pancho Villa, con mexicanos y pistolas.

Esa noche, frente a la tele, el asesino de las campanadas soñó con magos que detenían los relojes, un harén de rubias en tangas transparentes. Y una lluvia de finísimas balas caía desde el cielo.

El fin de los tiempos

03 enero 2006


Holland House Library, Londres. Septiembre de 1940.

Los intensos bombardeos de la Luftwaffe siguen azotando la ciudad. En la mañana, entre los cascotes de la biblioteca recién destruida, algunos londinenses buscan algo que leer.